Hoy hace dieciocho años que perdimos al mejor piloto de la
historia de la Fórmula 1, como Tina Turner cantó para él en 1993
en Australia “el mejor, mejor que los demás, mejor que nadie”.
Su nombre fue sinónimo de esperanza para Brasil y dedicó cada
minuto de su vida a honrarlo como persona y piloto. Más de dos
millones de personas acudieron a llorarle en las calles de Sao Paulo
y más de cinco mil millones de personas sintieron su pérdida.
Ayrton
Senna da Silva era un tipo peculiar. Una pausada voz que irradiaba
positivismo allá donde se pronunciaba pero cuyos ojos a menudo lo
traicionaban, proyectaban esa inteligencia infinita inherente a su
persona que le daba derecho a mofarse de ti con una dulzura que nadie
pudo arrancarle. Ayrton te hablaba con los ojos. Por veces pareciese
que llevase en ellos el dolor de todo Brasil que, tras una convulsa
revuelta civil contra el régimen militar, se hallaba sumido en una
profunda depresión económica y política mientras caminaba a la
democracia.
Cuando
Senna hablaba su tono era monocorde, pausado, aún cuando la ira se
apoderaba de él su voz permanecía lineal y serena. Esto sacaba de
quicio a Alain Prost, su archienemigo en el circuito, y a otros
tantos que en su vida se toparon con su indiferencia ante la furia.
Sabía exactamente lo que quería pero no tenía la suficiente
paciencia para mantener la constancia hasta lograrlo, lejos de la
fría táctica de Prost, Ayrton arriesgaba hasta el último tornillo
de su cuerpo y coche para llegar allí dónde se proponía -así se
llevó discretamente por delante al piloto en la carrera de Japón en
1990.
Su
garbo al andar, su desparpajo con las mujeres y su impulsividad -al
volante y en su día a día- hacían de él el prototipo de latino,
pero estaba muy lejos de ser una persona corriente. Ayrton era un ser
humano con todas las letras, natural, con un desorbitado sentido de
la ética que se veía salpicado en muchas ocasiones por su
arrolladora pasión al volante. Para Senna el segundo era el
primero de los perdedores, lo importante era ganarlo todo y decía
que “no sé conducir de otra forma que no sea arriesgada.
Cuando tengo que sobrepasar, sobrepaso. Cada piloto tiene un límite,
el mío está un poco por encima del de los demás”.
La
profunda humanidad del piloto se reflejaba en su mayúscula
conciencia social. Una dedicación que lo llevaba a aportar infinitas
donaciones a todo tipo de causas e incluso llegó a crear una
asociación para ayudar a los niños en Brasil . La influencia de la
situación socioeconómica de su país natal y su profunda devoción
en Dios son hechos clave para entender la personalidad de Senna,
despreciaba la política y el dinero por eso el súbito encontronazo
con sus eternos enemigos en la Fórmula 1 perpetuaron una sensación
de vigilia en su mirada, como si esperase algo fuese a salir mal en
cualquier momento. Desde que fue injustamente sancionado en Japón en
1989 por volver a pista desde una escapatoria, en lugar de dar la
vuelta e incorporarse, la actitud competitiva se exacerbó en Ayrton
y comenzó a dar lo mejor de sí, sin importarle ya cómo.
Lo
que nunca dejó de importarle fue la seguridad de los pilotos, en
cada reunión antes de una carrera guerreaba con Jean-Marie Balestre
sin demasiado éxito y cada vez que había un accidente hacía su
coche a un lado o acudía desde boxes a ayudar. Cuando en Bélgica en
1992 el piloto Erik Comas se estrelló, Senna cruzó la pista
corriendo y apago el contacto para evitar una explosión; lo mismo
hizo con Donnelly, quién salio propulsado junto a su asiento en
Jerez en 1990. Roland Ratzenberger murió el día anterior en los
entrenamientos del Gran Premio de Ímola en 1994. Cuando los
comisarios revisaron el coche destrozado tras el accidente que le
causó la muerte, descubrieron una bandera de Austria, Ayrton iba a
homenajear a Ratzenberger.
Ayrton
Senna da Silva nació para pilotar, tenía un don que ni el mejor
coche del mundo era capaz de igual y así lo demostró en numerosas
ocasiones, se vienen a mi mente Mónaco en el 84 cuando remontó
desde la 13º posición y se colocó 2º; e Interlagos 1991 cuando
hizo las siete últimas vueltas en la sexta marcha tras romperse la
caja de cambios. Vale que el agua era su elemento, cuando empezaba a
llover Ayrton enloquecía y era capaz de hacer milagros, pero si
existe algún tipo de don divino, él lo tenía.
Se
decía que sólo había una palabra para describir su estilo, rápido,
en palabras de Gerhard Berger, “cuando veías el casco
amarillo en tu retrovisor, sabías a qué atenerte”.
65 pole positions, 80 podios, 41 victorias, 19 vueltas rápidas y
tres campeonatos mundiales corroboran las palabras de Juan Manuel
Fangio “a él poco le importaba si el asfalto estaba
mojado, lo suyo era volar y violar en un segundo todas las leyes de
la física” y habría
desafiado muchas más si su pie izquierdo, como él decía, le
hubiese dejado pasar a fondo Eau Rouge.
En
10 años de trayectoria ha conseguido 65 pole positions y la nueva
leyenda, Michael Schumacher, con 17 tan sólo ha conseguido tres más
que Ayrton. Él mismo lo reconoció diciendo “Si él no
hubiera muerto yo no hubiera sido campeón en el 94 y 95 porque él
era mejor que yo”.
Ayrton
Senna tendría hoy 54 años y una vida llena de inmensurables logros,
tanto profesionales como filantrópicos que jamás llegaremos a
conocer pero entonces llegó a Tamburello y no dió la curva, siguió
recto a estrellarse contra el muro llevándolo, y bajo mi gran
ateísmo a él se lo concedo, junto a Dios para descansar
eternamente. Tras romperse la vara de suspensión, le causó una
lesión mortal en el cerebro. “Ayrton tuvo mala suerte,
no tenía un solo hueso roto, no tenía moratones. Si esa vara
hubiera ido quince centímetros más arriba o más abajo... habría
vuelto andando al paddcok” reconoció Frank Williams pesaroso
ante los medios. Su muerte ha servido para evitarnos el dolor de
perder otra leyenda por falta de seguridad en los coches.
